Personaje central de la mitología amerindia, el oso negro fascina. Este animal solitario y discreto habitualmente
evita acercarse a los seres humanos. Se alimenta preferentemente de frutillas (frambuesas y arándanos), todo tipo de
plantas que encuentra en el bosque, larvas de insectos que busca en los árboles enfermos o tocones, aunque le encanta la miel
que arrebata descaradamente a las abejas. Al ser omnívoro, a veces se acerca a los campamentos y vertederos para comer cuanto encuentra.
En Quebec, donde se permite su caza deportiva, hay más de 70.000 osos negros. Esta caza singular se practica en primavera y otoño en
territorios preparados cuidadosamente por las pourvoiries (cotos de caza y pesca), que colocan cebos para atraer al animal. Según los
territorios, los no residentes han de ajustarse a ciertas reglas.
El cazador espera al acecho, en un mirador colgado sólidamente en un árbol, y está atento al acercamiento del animal, que se desplaza por
el bosque sin que se le perciba. Esta técnica permite minimizar los riesgos de ser descubierto por el oso, que percibe fácilmente los olores
y los movimientos. Se trata, pues, de una caza al acecho únicamente, a menos que se produzca un encuentro imprevisto y raro.
Los machos adultos, fuertes y corpulentos, pesan aproximadamente 80 kg, pero ya se han observado ejemplares de más de 160 kg. La hembra es mucho más pequeña y sólo pesa unos 60 kg. Las marcas de arañazos en las cortezas de los árboles indican su presencia. El oso, que corre, escala y nada muy bien, tiene la particularidad de de que hiberna, es decir, pasa todo el invierno aletargado en una guarida que ha elegido cuidadosamente durante el otoño. De este modo, no tiene que luchar por su supervivencia, como ocurre con la mayoría de los mamíferos en invierno. Su carne debe cocinarse durante mucho tiempo para evitar los riesgos de contaminación por el parásito de la triquinelosis, enfermedad transmisible al ser humano.